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lunes, 1 de mayo de 2017

CABALLOS Y CAMELLOS

Para quienes hemos estado en el campo y lo hemos visto, la usanza tradicional en la domadura de los caballos se resume más o menos así. Se pone al potro en un corral, o un lugar donde no pueda arrancar, se le sube un muchacho como un gato, lo agarra de las mechas y la da una sarta de varillazos en la cabeza. Más endemoniado salta y corcovea, cuando más le dan con las espuelas en las costillas. En pocas sesiones de estas, el caballo está rendido y comienza así su vida de acarrear gente o tirar de una carretela.
En el Sahara, en cambio, cuando se quiere domesticar a un camello, simplemente se lo junta con otros camellos dóciles. Nada más. Que coman juntos, que pasen la noche juntos y que miren las estrellas y las galaxias, mientras los hombres de las caravanas se toman unos cafés de olla a la orilla de un fogón. A los pocos días, el camello salvaje ya es uno más entre los dóciles y no se encabrita cuando se le suben entre sus jorobas para recorrer los eternos arenales.
Y así se llevan hace milenios, los caballos y los camellos, y los pueblos ancestrales que se sirven de sus lomos para acarrear cuantos bártulos inventan. Sin embargo, tuvieron que venir los teóricos de la educación para que la humanidad descubriera las bondades de los "ambientes de aprendizaje".

jueves, 30 de marzo de 2017

EL OCASO DE LA SALIVA


Antes todo se hacía con saliva. Si querías dar vuelta la página de un libro, dedo a la boca y saliva. Si andabas chascón, cuatro dedos, blam: saliva. Si tenías una mancha, o en la cara de tu hijo había tierra, pañuelo a la boca y saliva. Si la puerta chillaba, saliva a la bisagra. Si querías encabronar a alguien, dedo con saliva en el oído. Para mandar un puñete, saliva en los nudillos. Para lanzar los dados y el tejo de la rayuela, saliva en la punta de los dedos. Si te ponían al arco y venía el penal, escupo, que es saliva de alta potencia. En el pololeo, pura saliva. Si te quemabas el dedo con la cocina, luego del !chucha!, saliva pues. Para ver si la pelota estaba pinchada, un grumo de saliva y si salían burbujitas, lo estaba. Cuando se te estaba acabando la témpera, saliva, solvente universal. Para probar la plancha, dos deditos y saliva...
¿Es que no se han dado cuenta? Fíjense en sus papás, recuerden a sus abuelos. La saliva era una herramienta fundamental.
Hoy no. Los niños casi no leen libros ni dan vuelta sus páginas. Los cabellos se peinan con gomina o cremas Sedal. Las manchas se sacan con toallitas húmedas, las puertas mudas ya no chillan. Si detestas a alguien, le mandas un rosario. Cuando se pelea, el dedo sobrante está grabando con el celular. Ya pocos juegan con dados y nadie a la rayuela. Los niños atajan penales con la play station. El pololeo, tres cucharadas y a la papa. Cuando te quemas, buscas en google qué hacer. Si la pelota se pincha, a la basura y se compra otra. La témpera salió de los programas escolares, hoy se aprenden TICS. Y la plancha ahora tira vapor y suena: fsfssssss...
Hoy me levanté como siempre, dispuesto a cumplir con mis obligaciones. Jamás me imaginé que iba a hacer un descubrimiento.

domingo, 26 de marzo de 2017

PENSAMIENTO EN CREOLÉ

Algo que me gustaría comentar. Cada vez comento menos (y con menos garabatos, lo que me extraña).

Otra cosa me gustaría comentar. Hoy la 106 iba llena como "lata de sardinas" (lo que en nuestra patria es el jurel en tarro, o atún, cuando vienen las visitas de categoría). Eran las 6:30 de la tarde, imagínense el calor del apretuje. Por ahí por Antonio Varas se subió un grupo de personas de Haití. Y uno de ellos, muy contento, nos saludó a todos con un BON JOU en creole, tan alegre, que inconscientemente muchas personas le respondimos bonjou!

A mi lado iban dos señoras, se notaban gente de trabajo, porque tenían impregnado el trabajo de pies a cabeza, incluyendo esas bolsas para llevar cosas para trabajar (no seamos cursis, todos las llevamos de vez en cuando). Una de ellas estaba indignada porque la micro iba llena y estaba chata de todo, aunque creía que estaba enojada por los inmigrantes. Y le comenta a la otra -a estos negros deberían bajarlos a escobazos...

Recuerdo que cuando chico, en el continuo cuidado ante la muerte, las mamás nos decían -cuidadito con los cambios de temperatura. Pues yo me pregunto 30 años después, ¿no habrá que tener cuidado con los cambios de vibraciones? De las buenas y de las malas. No vaya a ser que un día, tal como hoy en la micro 106, después de escuchar un alma tan bonita saludar a los demás, me agarre una pulmonía o quede con la cara chueca por escuchar de golpe a un alma tan pobre.

Dos cosas son claras, tanto como dilema del huevo o la gallina: en Chile tiene que repartirse la torta con justicia y debemos educar mejor a los niños, educar su corazón.

¿Qué hacemos primero?

¡YO SOY EN INGENIERO DEL REY DE CRETA!

¡YO SOY EL INGENIERO DEL REY DE CRETA!
(la historia de cuando Ícaro y Dédalo visitaron nuestra ciudad)

Mareados y chascones, con la túnica vuelta pa’ cualquier parte, cayeron Ícaro y Dédalo desde una nube torbellino, en pleno Paseo Ahumada. Los recibió el calor santiaguino de febrero, en medio de los gritos de los vendedores y el bullicio de la ciudad. Se miraron, miraron alrededor y comprendieron que su huida de Creta había sido todo un éxito, aunque fuera tras un sueño de miles de años.

Pero al ponerse de pie, sus esperanzas fueron frustradas al ver que todavía seguían en un laberinto, aunque uno muy diferente de aquel del Minotauro. Aquí las paredes no eran de rocas cinceladas, y tenían grabadas unas inscripciones rarísimas, que desde el griego se leían como “Café Haití”, “La Polar”, “Ripley”, “Liquidación”…

—¡Serán oráculos, hijo mío! —dijo Dédalo, asombrado ante tantos símbolos luminosos. Y ambos se pusieron a caminar, embetunando sus pies descalzos con las colillas de cigarros y las mugres alojadas en el suelo de la ciudad.

Miraban hacia arriba y hacia abajo, tratando de entender de cuál de las islas helénicas se trataba esta vez. Nunca habían visto paisanos tan raramente vestidos, caminando en línea recta como si nadie más existiera. El padre intentaba detener a los transeúntes por un instante, para preguntarles cómo llegar al camino que va a Creta. Pero los chilenos no conocían el griego antiguo, ni menos a Ícaro y Dédalo, y los esquivaban y los miraban con desdén, pensando en cómo el tolueno dejó a aquel vagabundo en situación de calle y hablando incoherencias.

Cansados de andar y ser ignorados, se sentaron en la mitad del paseo a mirar el piso. Como es habitual en la ciudad, en pocos minutos estaban rodeados de transeúntes. Habrá sido por sus blancas túnicas que los confundieron con un show callejero o vendedores de alguna pomada. Dédalo se levantó a prisa, para no perder la oportunidad y en su más educado griego antiguo, le habló así a la multitud:

—¿Es acaso el mercado de la isla de Antíparos o Folegandros?¿Sois vosotros los afamados remadores de Serifos?

La multitud rompió risas. Padre e hijo se mirabaron en conmoción.

—¿Teneis noticia alguna del sabio Cleóbulo de Lindos? —insistió Dédalo a todo pulmón.

La gente se encorvaba a carcajadas y hasta algunos aplaudían.

—¡Oidme! ¿Sabeis lo que el destino le tuvo preparado a Ariadna y Teseo? ¿Podéis decirme de algún puerto desde donde zarpar hacia el palacio del Rey Minos?

Las risas ahora eran una masa ensordecedora, que copaba la cuadra entera que va desde Moneda a Agustinas. Ícaro y Dédalo miraban aterrorizados al mar de gente que los cercaba y que se reía de ellos sin compasión.

—¿Por qué os reís? ¿Qué acaso no habéis oído hablar de mí?¡Yo soy Dédalo! ¡DÉDALO! ¡Ingeniero del rey Minos! —gritaba Dédalo desaforado, impotente al ver que sus gritos sólo divertían a la multitud enardecida.

—Ícaro, hijo mío… —le dijo casi sin esperanzas— estas gentes no nos escuchan ¡Debemos de arrancar de este lugar!

—¿Cómo haremos tal, padre?

—Con alas de plumas de águilas y cera. ¡Pero esta vez no te eleves tanto hacia el sol!

Y se pusieron de pie, en medio de los aplausos de la multitud. Miraron hacia los árboles y se dieron cuenta que en este paraje no había ni media águila. Lo único que abundaba era unos pájaros grises y basureros, que se llevaban la vida picoteando las migas de entre los pies de la gente.

—¿Servirán aquellos plumíferos, padre? —preguntó Ícaro preocupado.

—Oh, desde luego que sí, Ícaro… ¡Y mirad, aquellos restos de cera verde! Haremos unas espléndidas alas para remontar por los aires… —dijo el padre, mientras recogía los chicles pegados a las baldosas y los ablandaba con su boca.

Y comenzaron a trabajar. Las risas de la multitud se callaron y se transformaron en un ohh de asombro cuando Ícaro se echó encima de una paloma y con su brutalidad juvenil, de un solo tirón le arrancó la cabeza de cuajo. Ahí los oficinistas decidieron volver a su trabajo, algunas mamás les taparon los ojos a sus niños. Otros más jóvenes les gritaron consignas animalistas. Pero la gran mayoría de los chilenos seguía atenta con su mirada morbosa la más extraña y divertida obra de teatro callejera de sus vidas.

Luego de desnucar casi una docena de palomas, Ícaro y Dédalo confeccionaron dos hermosos pares de alas y se los pusieron en los brazos. La gente aglutinada seguía con atención aquella obra de la aeronáutica emplumada. Padre e hijo se miraron de frente, dándose una última inspección antes de despegar.

—¡Habitantes de esta isla remota, oídme bien! —gritó Dédalo a la multitud— Os habéis reído de nosotros, cuando humildemente clamamos por vuestra ayuda. Pues bien, ahora veréis cómo el ingeniero del rey de Creta os demostrará que no hay límites para el ingenio humano. ¡Abrid paso, inmundos cachorros de su madre, que tal como volando llegamos, volando nos iremos!

Sin comprender nada, cuando Ícaro y Dédalo se echaron para atrás para tomar vuelo, la multitud abrió paso y dejó una espléndida pista de despegue en el medio del Paseo Ahumada.

—Recuerda, Ícaro, no tan cerca del sol…

Y se pusieron a correr a todo chancho. No habían dado ni diez pasos, cuando ambos batieron las alas. Y ante sorpresa de la gente, comenzaron a volar. Aunque el vuelo inaugural sólo les permitió remontar dos metros, los espectadores quedaron atónitos y aplaudieron emocionados. Por todo el boulevard sólo se escuchaban aplausos y el clásico grito de ¡oootra…oootra…oootra…!

Llenos de gloria por su genialidad, padre e hijo tomaron aire, ajustaron algunos desperfectos de su plumaje y se prepararon para un nuevo despegue. Pero justo en ese momento, cuando todos vitoreaban la milagrosa hazaña, la presencia de la ley hizo su aparición. Fue cuando llegó Carabineros.

—Aer, ustedes dos… vamos mostrando los carnese, altiro —les habló el oficial a los dos inventores.

Ícaro y Dédalo, que no le entendieron ni media palabra, volvieron sus ojos a la pista y comenzaron a correr. En ese momento, el policía interpretó la carrera de los griegos como un intento de fuga y ordenó echárseles encima. Los cabos jóvenes corrieron como balas atrás de los alados. Y justo cuando ya los iban a tomar de las mechas, éstos abrieron sus alas y comenzaron nuevamente a volar.

Las reparaciones de las plumas fueron tan efectivas, que tanto el padre como el hijo pudieron flotar por los aires cual si fueran dos golondrinas. La gente los aplaudía como verdaderos héroes cuando éstos iban de allá para acá, riendo, mientras volaban por encima de los carabineros, que saltaban tratando de tomarlos por los tobillos. Ícaro y Dédalo reían y se perseguían, sintiendo cómo el aire santiaguino les regalaba la libertad. Otra vez huían del laberinto y volaban por el Egeo azul, viendo las cabezas de las gentes como pequeñas islas desprendidas de las orillas.

Ícaro y Dédalo ya se disponían a tomar altura, cuando les ocurrió una terrible desgracia. Al tratar de atravesar la fronda de los plátanos orientales, no se percataron de una inmensa maraña de cables eléctricos que salían de los postes y ambos chocaron con ellos. Si bien el pencazo de corriente no fue tan violento, ambos perdieron el don de vuelo y se desplomaron directamente a la tierra. Y acto seguido, les cayó encima una lluvia de lumazos por parte de la policía, que les dejó la cabeza tan llena de chichones que parecían un melón maduro.

A pesar de que la gente silbó y se escucharon algunas recriminaciones anónimas, la multitud se deshizo rápido. Ícaro y Dédalo gemían y se lamentaban sentados en el piso del Paseo, con las manos esposadas por la espalda. Sus anhelos de escapar de este sucio lugar terminaron en el más adolorido de los fracasos.
Cuando terminó la conversación por radio del oficial, casi de inmediato apareció un furgón verde con blanco que decía en su inscripción “Retén Móvil”. Cuando se abrió la puerta de éste, literalmente los carabineros levantaron “de un ala” a los desventurados Ícaro y Dédalo y a base de empujones los metieron en su interior. La calle volvió a su ritmo habitual, el automóvil patrulla arrancó. Y de este gran acontecimiento, sólo quedaron flotando a lo lejos unos alaridos en un idioma extraño, que conforme se apagaban decían:

—¡Soltadme! ¡Yo soy el ingeniero del Rey de Creta!

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CUENTO DE DEDICATORIA

(Lo que leerán a continuación es de otro país, de otro tiempo y muy resumido. Pero lo que sí, es absoluta verdad)

CUENTO DE DEDICATORIA

En una escuela fiscal, en el año 1974, estaban una mañana las maestras haciendo clases como si nada pasara. El nuevo director designado -un militar de bajo rango- y los soldados en la sala, pasaban desapercibidos para las profesoras primarias y sus redonditas letras A.

Esta escuela tenía algo especial: su larga muralla norte colindaba directamente con la cárcel. Por cierto una cárcel bastante especial, en donde estaban presos aquellos que simplemente no pensaban igual que los otros.

Esa misma mañana, algunos minutos antes del recreo, la profesora vio entrar en la sala un espectro. En verdad era un hombre joven, blanco de susto, con la ropa inmunda. Entró como un rayo hacia el fondo de la sala, donde se acurrucó jadeando en un rincón. La señorita se acercó temerosa, tratando de no alterar la paz en los pupitres, y al verle la cara comprendió de inmediato la situación. Menos mal que el conscripto de turno justo había salido del salón, a tomar choquita y recuperar energías para su égida patriótica contra la subversión.

No alcanzó a decir palabra la maestra, cuando el muchacho le dijo, con sus últimas fuerzas y la frente arrugada por la desesperación: por favor, ayúdeme...

A veces la gente se calla no porque no quiera hablar. Esta profesora y muchos del gremio docente, estaban callados. Como tantos, desde una celda o desde las aulas, decidieron callar ante el tronar de las botas. Pero por muy callados, sabían lo que estaba pasando.

-Anda a la cocina... -le dijo como sin mover los labios. Entonces el joven atravesó la sala como una sombra y desapareció.

No pasaron cinco minutos y sonó la sirena de alarma. Ladridos de milicos iban y venían, armados hasta los dientes, expurgando hasta el último rincón de la escuela. Sin siquiera ponerse de acuerdo, todos los profesores siguieron haciendo clases como si nada hubiera pasado, con la misma cara de serena dignidad con que hoy, cuarenta años después, algunos siguen esperando su sueldo, o su jubilación, o una deuda histórica. Los pelotones entraban en los salones, revolviendo niños y delantales, hasta que de tanta histeria éstos se asustaron y se pusieron a llorar.

El Director -el original- salió de su despacho, al oír los gritos y las mesas dadas vuelta. Era un normalista de viejo cuño y terno café, con ese temple dado por los años del radicalismo y el Estado protector. Fue a hablar con el comandante, para ver si le explicaba la situación.

-¡Un subversivo marxista-liminista se acaba de fugar de la cárcel y está escondido en la escuela! -dijo el comandante- ¡De aquí no sale naide hasta que aparezca!¡Puede retirarse...!

No le quedó otra al viejo maestro que ir por las salas, tanteando la situación, tratando de calmar a los niños que trataban de seguir los cantos temblorosos de las profesoras.

Pasaron los minutos, los recreos, las lecciones, las horas. Los correteos de soldados aullaban como jaurías buscando a un ratón. El fugitivo no aparecía. Los profesores seguían en silencio.

Al anochecer llegaría el toque de queda y el Director sentía el temor de los papás por sus hijos que no llegaban. ¡Leee repito, iñor Director, hasta que no interceptemos al recluso, DE LA ESCUELA NO SALE NAIDE!, ¡¿MI OYÓ IÑOR?! -respondió enojado el comandante al Director, quien por décima vez trataba de hacerlo entrar en razón.

Al fin, luego de que cayera la noche y que los pelotones dieran vuelta hasta la última sombra del recinto, se dio la orden para que los pequeños y los profesores pudieran regresar a sus hogares.

A la mañana siguiente, como lo más normal del mundo, los profesores y los niños llegaron tempranito a sus clases. Todavía no se podían reponer de los sustos del día anterior. Había que ordenar las salas, que habían quedado un tanto revueltas por las culatas y los bayonetazos de la noche. Y cuando todo ya parecía normal, a la hora del café de las 9:30, entre gestos mudos ante los sapos, una profesora le comentó a mi mamá en la sala de profesores, moviendo cuidadosamente los labios y disimulando algo parecido a la alegría: ...se fugó.

viernes, 23 de diciembre de 2016

EL REINO DE LOS PAJARITOS


Hace algunos años, en una escuela pobre de mi ciudad, todos los pájaros y sus familias iniciaron una gran travesía y subieron con sus nidos y sus ollas hacia las cimas de un galpón. Ese día fundaron un reino, el reino de los pajaritos, a cuya cabeza estaba su excelentísimo el gran rey gorrión.
Ya habían visto mucho allá abajo, en el mundo de los hombres derrumbados por el alcohol, de las mujeres golpeadas por años. De los jóvenes drogados con publicidades y réclames, y de los niños que los perseguían a piedrazos. De la sociedad, que a esos mismos niños se los engullía con una enorme garganta de ballena.
Casi nadie los veía allá arriba, pese a que, por las mañanas, durante los recreos de los niños más pequeños, todos los pajaritos de los diferentes linajes salían por los aires a cantar. Tencas, gorriones, pidenes, mirlos chicos y chincoles, llenaban el aire de música y aleteos, mientras buscaban ramas para adornar las fonolas de sus nidos de pelusa.
La primera vez que los vi fue una mañana de septiembre, de esas en que las ramas de los ciruelos tintineaban repletas de botones rojos carmesí. Algo raro sucedía ese día, porque todos los pajaritos habían subido a la última viga, en la cumbre del galpón. Se paraban alrededor del nido real y con los largos plumajes de sus alas hacían unas profundas reverencias. Había nacido el heredero, una bolita redonda de plumas que descansaba y dormía en medio del calor de las alas de su mamá, la reina.
Los demás pajaritos, mientras tanto, daban largos viajes por las poblaciones aledañas recolectando tesoros para regalarle al príncipe. Volvían trayendo en su pico miles de monedas de a peso, trozos de lana roja, cuentas de collares, plumas extraviadas de los plumeros, cintas de regalo, un maní confitado, tachuelas, estampillas... A los costados del nido, se iba formando un reino de pequeños colores, que adornarían todos los días de infancia del pequeño pichón.
Pasaron los días y el príncipe gorrión fue creciendo. Ya tenía los ojos abiertos y ensayaba sus primeros pasos alrededor de su nido real. A ratos, cuando su madre salía a buscar comida, el pajarito se asomaba hacia abajo para ver los niños que venían llegando a la escuela. Él no sabía nada de allá abajo, sus padres no le habían contado de los hombres, e inocente se reía con las risas de los niños,  mientras jugaban al pillar. Los llamaba con su voz chillona, para ver si lo invitaban a jugar, pero los niños no lo escuchaban y ante los gritos de sus tías se iban corriendo hacia las aulas cuadriculares.
Así se las pasaba el pajarito, hasta que una mañana sucedió una calamidad. Estaba llamando a los niños de abajo, apoyado en las barandas de su nido, cuando una de las ramitas que lo sostenía hizo crack! y se rompió. El príncipe pajarito perdió el equilibrio y se cayó hacia el enorme precipicio del galpón.
Mientras iba por los aires, asustado, recordó como hacían sus tíos mayores y batió sus alas con rapidez. Con los torpes aleteos de sus plumas recién salidas, logró aminorar el peso de su caída y esto lo salvó de morir estrellado contra el suelo de la escuela. Ninguno de los demás pájaros, ni siquiera las tórtolas, que eran las vigilantes, se habían dado cuenta de la desgracia, y el príncipe de los pajaritos, mareado, a duras penas se lograba poner de pie luego del porrazo.
Desde los aires, en medio del enorme patio de cemento, su plumaje lo hacía imposible de distinguir. Se mimetizaba completamente. Por mucho que gritaba y llamaba a su mamá, ésta no le oía. Ni tampoco sus tíos chercanes, que a esa hora se dedicaban a limpiar las comarcas del reino alado.
Cuando su mamá volvió de buscar el desayuno, vio que el nido estaba completamente vacío. Fue tanto el horror que sintió en ese momento, que se le soltó el pedazo de galleta que traía en su pico. Inmediatamente sonaron las voces de alarma y un millardo de pájaros comenzó a volar por todo San Ramón, desesperados, buscando al pajarito hijo del rey, quien seguía asustado en el medio del patio.
Al mismo tiempo sonó la campana del recreo y miles de niños salieron disparados desde sus asientos. Una pequeña estampida de zapatos y colaciones se abalanzó sobre el patio y el pajarito a duras penas comenzó a correr. No alcanzó a dar unos cuantos saltitos cuando ya estaba en medio de miles de niños corriendo tras un balón.
Al comienzo nadie lo veía, hasta que una niñita gritó ¡mira, un pichón! Se acercó con sus amigas, tratando de tomarlo, pero rápidamente fueron dispersadas por sus compañeros, que las empujaban enceguecidos tras la pelota. Uno de ellos, haciendo gala de su valentía, comenzó a perseguir al pajarito a pisotones, haciendo que éste diera brincos y aleteos para escapar. La suerte quiso que la pelota pasara cerca, y el pequeño bandido salió corriendo hipnotizado para hacer un gol.
El pajarito estaba muy asustado, escapando de los mismos niños con los que antes quería jugar. En las alturas del galpón, los pájaros buscaban desesperados al hijo de su rey y seguían sin poder verlo, entre tantas cabecitas negras que corrían de un lugar a otro. Cuando sonó nuevamente el timbre, por fin el patio se vació y el pajarito se tendió en el piso, desfallecido de tanto arrancar.
Yo tampoco había notado nada, mientras me tomaba un café en la sala de profesores, pues mis pensamientos hurgaban la sociedad, en la labor de los colegas de la escuela y me lamentaba por cuántos trabajan duro sin que la sociedad les dé las gracias, o una palabra de aliento, o un pedazo de pan hecho con amor. Pero cuando salí hacia los patios, luego del toque del timbre, una de las tías del aseo me hacía señas. Con mucha timidez me quería decir algo. Era una señora muy pobre, vivía ahí mismo, en la población. La recuerdo con un pantalón de buzo y unas zapatillas gastadas por el enorme peso. En su cara brillaba opaca una honda preocupación.
—Pourecito, profe, mire... Lo recogí de allá…           —me dijo con una voz aguda, mientras me mostraba entre sus manos al pajarito asustado—     …No sé que hacel, profe, si lo dejo allá en las plantas se lo van a comel los gatos…
Yo me quedé pensando, mientras la señora le hacía cariño en la cabeza al pajarito. Pensaba en la vida, y en mi infinita pequeñez. Ella era una mujer sagrada que daba la vida. Yo, en cambio, casi no sabía de la vida. Ella pensaba que yo, como profesor, letrado e impregnado de la ciencia universitaria, tendría la autoridad para decidir en esa situación, siendo que la única autoridad en ese momento era la piedad de su corazón. ¿Por qué ella me preguntaba a mí, si ella tenía en su sangre toda la historia de Chile? No la historia de los ministros ni los cancilleres, sino la historia de los campesinos que llegaron a las ciudades, directo a los barrios marginales. Ella era heredera de los enrolados a la fuerza para pelear en las guerras, de los salitreros calcinados, de las familias forjadas por los martillazos de la pobreza.
Quise hablarle de la selección natural, de Charles Darwin y sus viajes como naturalista, de la primacía de la especie humana por sobre todas las demás. Pero lo único que pude decirle, que no fuera una tontera, fue encogerme de hombres y decirle no sé. Y me alejé.
Hasta ese momento, ninguno de los dos se había percatado lo que sucedía arriba. Todo el reino pajarito estaba mirando desde las vigas del galpón. Habían visto a la señora y al pajarito, sano y salvo entre sus manos. Aunque conocían el mundo de los hombres, vieron que la señora era una buena persona y temerosamente decidieron bajar. A la cabeza iba el rey gorrión junto a su esposa y atrás de ellos, centenares de los más diversos pájaros que existen en nuestra ciudad. No habían vuelto a la tierra desde que huyeron, años atrás. El rey se acercó a la tía del aseo con una bandera blanca en su pico, que era un pedazo de papel confort. Ella se agachó y abrió sus manos. El pajarito partió corriendo hacia las alas de su mamá. Un inmenso canto de alegría llenó los patios del colegio. Y volaron, todos juntos, hacia las alturas del galpón.

El príncipe pajarito creció y se transformó en un precioso gorrión real. Fue un verdadero rey. En adelante, todas las mañanas volaba hasta donde estaba la tía del aseo y la saludaba con saltitos desde el piso. Ella se reía y así se acompañaban mientras barrían el corredor. Ella le contaba de su vida, él le cantaba una canción. Y al final, en el paso de los siglos, la eternidad los hizo suyos. Gorriones, tías, escuelas, pasaron hacia otras galaxias convertidas en polvo brillante. Pero lo que nunca nadie olvidó, fue que, desde ese día, en aquella escuela pobre de mi ciudad, los pájaros del reino supieron que no todos los hombres eran malos.

martes, 18 de octubre de 2016

SOMOS UN PUEBLO DE DULCES NARANJAS

Somos un pueblo de dulces naranjas, jugosas y lindas.
Nos estrujan desde pequeñitos y llenamos botellas, cajas a raudales, embarcaciones de puro jugo naranjito. Nos levantamos temprano, nos bañamos, nos estrujamos con la toalla y luego nos estrujamos en la micro y en el metro. Llegamos al trabajo y nos sacan el jugo. Llevamos a los niños al colegio, donde los estrujan desde chiquititos con matemáticas estrujativas. Cuando tenemos sed, vamos al supermercado y en la caja nos estrujan bien estrujaos. Si nos enfermamos, nos reparan rápido para seguir dando jugo. Y a las naranjitas viejas y arrugadas, a las que ya no les quedan ni pepas, las tiramos amontonadas como medialunas huecas, esperando que alguien se apiade y les dé un lugar en el estruje para poder dar una gotita más.
Así desde que éramos simples azahares, así será por mucho tiempo más. Nuestro jugo siempre se lo han tragado con grosería, gargantas que nunca se habrán de saciar.
Pero cuidado. Puede que algún día, de tanto estrujarnos, nos quedaremos sin jugo. Y ahí las botellas llegarán vacías a la garganta sorprendida de los inversionistas. Ese día escribirán poemas de amor a la patria de las naranjas, rogándoles que vuelvan, mientras se van desplomando secos, uno por uno.