an

jueves, 12 de octubre de 2017

TRÍPTICO

A mi padrino Ubilla...

NACIMIENTO

En el principio
Era el silencio,
El verbo era con su nombre.
Y el verbo era el Creador.

Nunca quisiste que te vieran nacer,
Te escondiste de la historia enciclopédica
Remontaste el vuelo hacia los nogales
Confundiste tus plumas con la corteza.
Y cuando los siglos te perdieron de vista.
Cerraste los ojos de la tierra.

Pero ahí estabas tú, Creador…
Dibujando la geometría de los cielos
Latiendo entre la savia de los naranjos centenarios,
Escondido bajo las piedras coloniales,
Centelleando entre las herraduras de los caballos
O en el ardiente corazón de las tortillas,
Eras piedra de picunche perforado,
Eras sauce que la corriente acariciaba
Llave perdida en los campos arados,
Brazo partido de campesino talado
Hijos de los indios que las cruces sojuzgaron
Nietos de mitayos sembrando entre los cardos
Látigos calientes y pétalos de estaño.

Ondulabas cual culebra entre las zarzamoras,
estallando flores lilas de las galegas
Sembraste hileras de carrizos y peces
Llenaste de hortalizas las vegas.

Ese día Tú creaste las parras
La coronación de tu obra natural
Y te sentaste a descansar con sus racimos
A contemplar la hermosura de tu Carrizal.





VOLANTÍN

Vuela alto, volantín
Vuela y huye de la ciudad
Cruza las nubes y las bandadas
con tu cola estelar.
Mira tú, lleva mis ojos
Y salúdame al sandial
Y por donde anden mis hermanos
Haz que lluevan dulces a raudal…

Vuela alto, volantín
Y encomiéndame a mi mamá
Volantín, sube a los aires.
Volantín, ¿dónde estará?
Dile desde los cielos
Que soy extraño en la ciudad
Sentado en duros pupitres
Soñando con tu pan
Enjaulado, como un jilguero,
Extrañando el carrizal…

No te vayas, volantín
un hilo malo te cortó…
vuela perdido de mi mano
hasta el palacio del Padre Sol…
Tiro y tiro y tú te vas…
¿ahora cómo voy a volar?
Los pedazos de tus alas
Llueven aun por la ciudad.



INVOCACIÓN

Un tuetué cruza el cielo llorando
El viento recogió una brisa inquieta
Las calabazas ahorcadas, temblando
Una a una se descuelgan.
El río detuvo sus aguas
Estas remontaron las riberas,
Las piedras rodaron por los cauces
Tronando como calaveras.
Los álamos se inclinaron
Ante las fuerzas de la naturaleza
Sus raíces escupieron ríos
De sangre y de luna llena.
Los caballos espantados
Galopan por las malezas
Y los gallos baten sus alas,
Cantándole a la noche media.
En el cielo negro jugaban
A danzar, una ronda de estrellas
Y los toros de las constelaciones
Fecundaron a la luna nueva.
Las lechuzas viajaron a Egipto
Las golondrinas a las ratoneras
Las ranas y las cigarras
Devoraban corontas enteras.
La tierra remece a los muertos
Que de sus fosas se despiertan
Revive Amado y Canario,
Calicanto y Etiopista Vera.
Clava, Ricado Ubilla,
Clava tu pala en la tierra,
Deja salir a los brujos
Que invocan la primavera.
Siembra simientes de pájaros
Y riégalos con luna llena,
Que de tus surcos saldrán al cielo

Mil calabazas en hilera. 

DIVORCIO EN EL RESBALÍN

En mi largo viaje hacia el interior, como si fuera una visita a un museo, me he topado con cuadros que estaban olvidados, en salas tapiadas de hace años. Son gigantografías que hablan de mis años más nuevos, cuando mi pensamiento era absolutamente mitológico, simbólico o chamánico, la antípoda a cualquier forma de racionalidad.

El '88 fue un año que me cambió la vida, pues si bien no tuve mi primer amor, sí tuve mi primera polola. Dentro de todos los niños cabezones que íbamos al pre-kinder, con toda seguridad yo era el más pelele. Corte bacinica, pantalones cortos, ojos de chucky y una crisis de identidad profunda, que me hizo convencer de que mi nombre nunca había sido Melquíades, sino que era "Antonio Tito". La razón era muy simple. Tito por mi venerado abuelo y Antonio por el plomizo Antonio Vodanovic, que en aquel entonces animaba el Festival de Viña junto uno de mis primeros amores platónicos: Pamela Hoddar. Por lo tanto, pa mi cerebro de cuajo, si yo era Antonio, estaba simbólicamente con Pamela. 

Y un día, luego de haberme sacado las rechucha en el maicillo, que me dejó con las rodillas peladas y la boca abierta de un llanto ahogado, supe que mi destino era formar una relación. O una familia. Quizás fue de tanto ver a mis hermanas atracando con quinceañeros que decían "groso" y tenían cortes de pelo patéticos, dictados por los conjuntos musicales de aquella época, liderados por Engrupo.

El ritual de cortejo fue así. Miré a una compañera, le dije ¿quieres pololear conmigo? Y ella me dijo: sí. Sí, sí, SÍ y simplemente, sí...

Y comenzamos a pololear.

Luego de varios días exactamente iguales, de cortar con tijeras, sacarme mocos y escuchar historias de los padres de San Agustín de Hipona, yo seguía cultivando mi primer gran amor. Era un tiempo en donde miraba todo, como queriendo tragarme el mundo con los ojos. Para los sucios pederastas que puedan estar leyendo esto, sepan que el noviazgo se concretaba a algo meramente nominal: no nos dábamos ni besos ni la mano, ni salíamos a caminar por el parvulario. En realidad, mi atención estaba completamente enfocada en el Club de los Cazabichos, mi primera afiliación, donde yo era miembro honorario y fundador. Con mis canchanchanes de pre kinder levantábamos todas las piedras del jardín y sacábamos gusanos y chinches, para luego atravesarlos con un alfiler.

En fin, luego de un tiempo pantanoso, que pudo haber sido un par de semanas como un semestre entero, recuerdo haber estado con mi polola jugando en el resbalín. El aire de ese día estaba raro, como los típicos días en donde te llaman por teléfono para comunicar desgracias. Fue ahí cuando decidí, inconscientemente, preguntarle: ¿y en tu casa son del Sí o del No?

Ella me miró con sus ojos verde-sapo, y me dijo: del Sí.

-Aaah, ya no quiero ser tu pololo...   -le dije, sin conmiseración alguna. Y la relación, mi primer noviazgo, llegó a su fin. Ese día me fui, me perdí con mis pasos lentos por el medio del patio donde estaban pegados los diarios murales de la Abejita Maya, mientras el sol se ponía en el horizonte.

Despierto en el presente, casi treinta años después, pegado, mirando este cuadro de mi museo interior. ¿Por qué era así? Ya se puso el sol en mi patria espiritual, decido irme caminando a casa, luego de otro largo día de museo. Necesito pensar...¿quién sabrá qué fuerzas manejaban mis actos de la niñez? ya que con toda seguridad, no era yo. Mañana volveré nuevamente a este edificio, cuya entrada queda en mi lado izquierdo del pecho. Sacaré otras tablas, entraré en galerías empolvadas y con sillas señoriales cubiertas con sábanas. Un museo que, tal como mis sueños recurrentes, tienen una puerta en donde uno entra a otra pieza que siempre estuvo ahí y que no te habías dado cuenta. 





A PROPÓSITO DE ECUADOR

¿Por qué la vida me ha dado premios?¿Porque fui bueno en otra vida, o porque fui mártir de algún culto? No lo sé. Lo único seguro es que, pensándolo en retrospectiva, me han pasado cosas tan buenas a lo largo de mi corta vida, que las agradezco profundamente. Hoy les contaré una de ellas, a propósito de Ecuador.
Yo crecí en una familia sencilla, pero muy profunda. Mis venerados padres, profesores de arte, jamás se inclinaron por los oros ni por los jeep, pero sí nos regalaron por montones algo realmente inolvidable: viajes.
Y no estoy hablando de viajes por Dubai, ni de hoteles de lujos ni caviar. Hablo de salidas en carpa, de comer arroz con atún, de largas caminatas recogiendo piedras bonitas. A riesgo de parecer jactancioso, fueron muchos los viajes así, a sur, al norte, a Argentina y el Brasil. Pero uno que realmente se alojó en mi memoria, fue cuando fuimos por tierra a Ecuador, año de 1995.
Viajamos a Arica en nuestro emblemático y soviético Lada los cinco, más mi querido cuñado Fidel. Apretados, acalorados, felices. Los días eran eternos cerros pampinos, las noches, oscuridad del desierto y constelaciones. Llegamos al Morro a casa de la querida tía Lucy y Héctor, donde nos regalonearon mucho. Luego rumbo a Tacna, donde nos esperaba el bus con el que cruzaríamos todo Perú. Era como una micro de pueblo, con asientos antiguos rígidos, pero suficientes para llegar hasta la belleza de Lima y luego enfilar hacia el norte.
Cruzamos la frontera del Ecuador, nos recibió un bus modernísimo, con asientos blandos y baño. Luego de dos días sopor, pudimos dormirnos mientras nuestra nave surcaba los eternos platanares.
Pero a la mitad de la noche, el bus se detuvo. Se encendieron las luces y sube un militar vestido de combate, con una SIG y la cara pintada de verde. -Este bus será confiscado para la guerra.
En mi mente infantil, aun cruzada por pensamientos mitológicos y algo de catequesis, intuí que nos iban a matar, con una ráfaga de ametralladora. En esos breves segundos, donde obviamente Rambo no nos mató, todos estábamos plop. ¿Qué chucha?¿QUÉ GUERRA?
Por suerte nos dejaron seguir hasta Quito, donde pudimos enterarnos que entre Alberto Fujimori y don Sixto Durán, los temas de las fronteras se estaban poniendo amargos. Sorpresa fue el escuchar nuestra emblemática canción del No, como himno de la guerra, con unas ligeras modificaciones a la letra.
Y cuando casi todos los cabros de la ciudad, incluyendo los recepcionistas de nuestro hotel y los que conducían los buses, fueron reclutados en el cantón, luego de conocer Otavalo, Ibarra y muchas otras maravillas de Ecuador, nos tuvimos que regresar en un vuelo low cost hasta Arequipa y luego a Tacna, donde pudimos nuevamente volver al mundo de la democracia, a la paz, a la atmósfera un poco más baja y sin vapor.
Cómo me voy a olvidar de ese viaje, en donde casi fuimos fusilados. En verdad, seguro que no nos hubiera pasado absolutamente nada, ni siquiera cayendo en las garras de Abimael Guzmán y el Sendero Luminoso. Pero para la experiencia de un niño cualquiera, o un niño medio menso, como yo, conocer tierras lejanas junto a tus padres y hermanos, caminando, oliendo, probando, es algo que no puede ser menos que un premio de vida.

18, CUÁNTO ME ALEGRAS, OH!

Estoy evitando cerrar los ojos. Llevo días así, trasnochado. Tengo las ojeras color aceituna. Porque de forma recurrente se han dedicado a desfilar por mis sueños o tras mis párpados, una comparsa de empanadas, anticuchos, terremotos (de pipeño, no telúricos), choripanes, longanizas de Chillán, Lautaro, Purranque, San Carlos y algunas de Llanquihue, chichas envenenadas con dolor de guata, guirnaldas tricolores, cienpiés de cuecas, fondas lindas y alegres... y no me dejan dormir. Pienso en el huevo duro remojado en pino, en la aceituna de la empanada que siempre me pincha la lengua, en las pasas que tantas veces he expulsado de mi vida y que igual me las como. En el Cabernario Sauvignon poniéndome la lengua rasposa, pero que, como si fuera una Agüita del Carmen Tricolor, me ayuda a digerir los arrollados y los chicharrones y cuanto chorizo grasoso me concede su amistad.
¿Por qué me gusta tanto el mes de la patria? ¡Oh! ¿Será porque ahí mismo fui concebido? Mejor sigo tecleando, sino me voy a dormir.
Y si cada mes tiene un día 18, ¿por qué no hacer un 18 cada mes? Total, movilizaría la economía, levantaría la moral patria, le daría más trabajo a los laboratorios que fabrican Omeprazol, Metformina o Glafornil. Estoy dispuesto a meter en un mismo saco al Día del Niño, Día del Padre, Día de la Madre, Día R de Ripley, la Navidad, el Año Nuevo y su tediosa canción de Un año más, la Semana Santa y sus huevitos de porquería, todos días dedicados a la mercadotecnia, esos días flácidos y pasados a olor a mall. Y los cambiaría por un 18 mensual. ¿Cómo andaría?
Se me cierran, se me cierran, siendo las 1:34 ya no aguanto más. Se me.. se.. me....
zzz zzz zzzz zzz (salchipapas, espiropapas, empanadas fritas, costillar, carbón prendido, cucurucho de diario, fósforo, chela parrillera, cebollas del anticucho, choripán con el típico chijete que hace cagar las camisas, argollas, botellas, bostas de caballo tras la parada militar, aviones zumbando por los cielos a la peor hora de la caña)

ESCANDALOSA CALMA

La sorpresa es algo que rompe con la calma, es un punto que tiene la capacidad de ser más grande que toda la línea. Es un estado pasajero. Al menos eso dicen los teóricos de la sorpresa.
Sin embargo, llevo años sorprendido. Y hablo de muchos años, desde aquella tarde a mediados de los ochentas, cuando abrí por primera vez los ojos. No fue mi parto, sino que fue en un balcón de la Villa Olímpica, donde miré hacia el cruce de Guillermo Mann con Vicuña Mackenna, y vi barricadas, un guanaco y una protesta. Piedras, gritos, sirenas, gente corriendo y mucho fuego en la calle. Todavía si cierro los ojos, es como si lo estuviera escuchando.
Esto es muy raro, porque desde que era un niño hasta hoy, mi sorpresa se hizo constante, tan plana como la calma.
No espero ofender ni castigar moralmente a nadie, pero me sorprende demasiado que a Chile se lo vienen robando desde décadas. Se lo han robado impunemente, bajo el puro cielo azulado y frente al mar que tranquilo lo baña. Y me refiero fundamentalmente a los fondos públicos, que es plata de todos quienes con santa paciencia y abnegación, trabajamos y pagamos impuestos.
Sin descaro, algunos varios: milicos, empresarios, operadores de partidos, esposas de dictadores, políticos, bancos, empresas de servicios básicos...desde los aviones Mirage y los pertrechos de guerra (muebles de rattán), pasando por todas y cada una de las conversaciones en restaurant, los cheques por debajo de la mesa, las boletas ideológicamente falsas, las cuentas en el Riggs, los correos electrónicos, las jubilaciones millonarias falsas, la estafa en algunos carabineros... (para no generalizar)
Al paso que vamos, ya no nos diremos hasta mañana. Nos diremos "hasta nuevo escándalo". Cuando nos vayamos a dormir, o cuando nos despidamos de nuestros colegas, de nuestros amigos o vecinos, muy alegres diremos
¡¡Chauchau, que les vaya bien, hasta nuevo escándalo  !!
Así.

¡APRIENDE!


Mirando en retrospectiva, cada vez que he tomado la palabra para despotricar, ha sido porque he tenido que ir al médico. No tengo nada contra ellos, pero ¡me endemonia ir al médico! y todo lo que se le relaciona: enfermarse, sentirse mal, tomar hora, ir, esperar, explicar qué he sentido, sentarse en la camilla, respirar profundo, abrir la boca y decir aaagggg, y al final, lo peor, pagar. Hoy, luego de varios días de andar con la frente adolorida y sentirla llena de aguarrás con Uranio, fui al centro médico que queda cerca de mi casa.
Como corolario a todos mis pesares, el sentarme en ese mismo segundo piso, me trajo de vuelta a mis tiernos nueve años, cuando mi padre me llevó al doctor porque me dolía la garganta. Todos los años anteriores fui el Conejillo de Indias del doctor Schulbe, que a pesar de ser una gran persona, seguro hizo su práctica médica en un hospital de campaña alemán. Sus procedimientos favoritos se reducían a amputar con sierra e inyectar penicilina. Por lo tanto, con él ya tenía a mi haber por lo menos una docena de jeringazos dolorosos en mi lampiño culito de bebé.
Pero aquella tarde fue diferente. Estaba sentado junto a Don César, quien leía una revista en donde la Raquel Argandoña era la última chupá del mate, mientras yo trataba de imaginar quien sería mi nueva Cancerbera: la doctora Medina.
Cuando nos llamaron a consulta, caminé sin resistencia, sabiendo que me iban a ajusticiar por haberme enfermado, a causa de portarme mal. Pero cuando entramos al box, vi una joven menudita y muy tierna, que no me saludó con los remilgos aceitosos con que me saludaban mis antiguas pediatras.
Le bastó con mirarme la garganta, para escribir en la receta la primera palabra que aprendí a leer por mis propios medios: Benzetacil. En ese momento, mi padre le comenta que él pedirá hora con un colega, porque también le dolía la garganta.
¿Pero para qué va a pedir otra hora? Abra la boca, que yo lo reviso... -dijo mi nueva hada madrina- ...Listo, Benzetacina para los dos.
Luego de una brevísima inspección, el destino de mi padre también sería un suculento pinchazo en el poto. A esas alturas, ya se me estaba arrugando la pera, mientras la vista se me llenaba de goterones. Yo hubiera querido que pasara una semana, pero en menos que nada ya estábamos en otra sala, con una camilla helada esperándonos para el dolor.
Mi padre, como bien se espera de los padres de Chile, notó mi profunda angustia y sutilmente me consoló.
-Yayayá, se deja de llorar, el so gallinazo. Yo me la voy a poner primero, pa que vea como se porta un hombre. ¡¡APRIENDE!!
Y se acostó decidido en la camilla.
La enfermera, una señora blanca y maciza como un saco de harina, lo miró, le pegó unos coletos a la jeringa, echó unas gotitas del líquido al aire y pum! Pa'entro. En ese momento mi papá exhaló un bramido gutural como si lo hubieran apuñalado en el hígado. Y se curvó como un churro hacia atrás. Yo miraba, tratando de tomar apuntes sobre los pasos que debía seguir, para convertirme algún día en un hombre como He-Man.
Luego de la punción, me papá se bajó de la camilla igual que un perro atropellado, con la cara verde y sudada, y unas hojeras color plomo que casi le llegaban al mentón. Se fue cojeando hasta una muralla, donde se apoyó para no caer. Desde allí, con un hilillo de voz y una lágrima en la garganta, me hizo un ademán con la mano y me dijo entrecortado: ......apriende.
Con los años mi padre me vino a reconocer que ese día sintió que le pegaron el chuzazo del siglo, como si le hubieran conectado un cable de alta tensión en pleno nervio. Y si ustedes se preguntan si con los años me hice un hombre como He-Man o Chuck Norris, lamento informarles de que no. Soy un hombre normal, pero que le teme a los pinchazos. Por eso, cuando hoy el doctor me dijo que me iba a inyectar, rápidamente le pregunté si había algún medicamento en tabletas, ante lo cual me dijo tranquilamente que sí. En ese momento miré al cielo, e inconscientemente agradecí. Al final de cuentas, apriendí.

SOMOS TODOS IGUALES

(esto me lo sopló el Heraldo, un antiguo ermitaño de mi barrio que se cree extraterrestre)
"Hombres, mujeres, blancos, negros, de aquí y de allá. Diestros, zurdos, científicos, vagos. Emprendedores, empleados, artistas de cine o estafadores de cuello y corbata. Todas las distinciones habidas y por haber, incluso aquellas que les enseñaron en la escuela. No existen. Nunca existieron. La especie humana, sagradamente, sólo se divide en dos grandes grupos y que no tienen mayores implicancias: aquellos en que el cabello del tungo les converge y aquellos otros que les diverge. Más allá de eso, terrícola, los humanos son todos iguales."